NEUS ARQUÉS, autora de “UN HOMBRE DE PAGO”

Entrevista de Nuria Escur, contra de la Vanguardia,  lunes 27 de marzo de 2006

 

Alguna advertencia inicial?–Una: aunque en el libro apa-rezcan un gigoló y una clienta, eleje de mi reflexión no es la prostitución masculina. Es la in-vi- si-bi-li-dad de algunas mujeres maduras.–¿Por eso el fenómeno va en aumento?

–Sí, pero no se habla de ello. Cuando em- pecé a preguntar, me quedé sorprendida. Re- sultó que ninguna de mis conocidas había contratado a un gigoló y decían no conocer, tampoco, a nadie que lo hubiera hecho. De modo que tuve que trabajar a fondo.

–Se ha especializado usted en tabús.

–Éste, en concreto, creo que es inaparcable. Existe. Cada vez habrá más mujeres más solas, con más dinero y con ganas de no dejar escapar ningún tren. Yo lo único que quiero es que hablemos de ello, no que estemos nece- sariamente de acuerdo.

–¿No buscamos referencias biográficas?

–De momento no necesito los servicios de un gigoló, pero llegado el caso…, ¿por qué no?

–¿Qué le generó más curiosidad?

–Que había un mercado, existía oferta y desconocíamos la demanda. Después de mucho buscar contacté con una mujer-cliente.

–¿Y cómo era esa mujer?

–No tenía nada que ver con el prototipo que yo tenía en la cabeza. Yo imaginaba una dama adinerada metida en un coche negro, con chófer y un caniche para pasear por la Diagonal. Y me encontré una profesional liberal de unos cincuenta años, sola y libre.

–¿Cómo llegan a tomar esa decisión?

–Es una decisión que las mujeres toman de modo discreto pero compartido. En el libro es la esteticista de la protagonista quien cumple ese importante papel de confidente.

–Sé que no ha hecho un estudio de mercado en Barcelona, pero… ¿cómo son sus gigolós?

–El recurso para descubrirlo es tan fácil como buscar por internet. Hasta donde yo sé, hay muchos latinoamericanos alrededor de los treinta años. Las agencias buscan el perfil que solicita la mujer, incluso sus estudios o la condición social que ellas reclaman.

–¿Y qué es lo que no pide ella?

–Medidas. En los anuncios de periódicos tú puedes leer “pechos desbordantes”, pero un gigoló acompañante no se anuncia como “polla inmensa”, porque no es lo que más preocupa a sus posibles clientas.

–¿Qué ha aprendido usted?

–¡Que mucha gente tiene ganas de hablar! Me sugieren cosas inimaginables. Un chico me escribió preguntando cómo podía hacerse gigoló, algún listillo me ofrece sus servicios. Otros me proponen otro final de libro, con boda incluida.

–Y le preguntan por el bar Hemingway.

–¡Y eso que no existe! Se deben de confundir con el Majestic. Y en el blog escriben tres veces más hombres que mujeres. Yo creo que nuestros hombres sienten curiosidad y… un punto de nerviosismo.

–¿No nos miran a partir de los 40?

–Pues creo que muchas coincidimos en percibir que entramos en una época singular. Invisible. Parece que no interesamos. A algunas, el marido se les va con una más joven, como es el caso de uno de mis personajes, otras pierden autoestima… ¿Qué nos pasa? ¿Cuál es la solución?

–¿La prostitución masculina?

–Tener un gigoló es una de las soluciones. Hay quien se apunta a bailes de salón… Lo realmente inquietante es que montones de mujeres ref lexionen pero no hablen.

–¿No le parece una pobre opción?

–Primero: es una elección personal e intransferible. Segundo: si resuelve un problema, la considero una elección lícita.

–¿Qué piensa de las medidas tomadas en Barcelona con la prostitución femenina?

–Me gusta que hayan puesto el tema sobre la mesa, pero no estoy segura de cuál es la manera eficiente de resolver el problema. Future Solution

–¿Las mujeres cambian mucho de gigoló o buscan a alguien fijo?

–La que yo conocí cambió al principio. Luego se relacionó más con uno… y ahí es donde surge lo que yo creo que es el gran problema de la prostitución masculina.

–Ella va y se enamora…

–Las mujeres seguimos sin saber separar bien sexo y amor. Debe de ser por una mezcla moral, cultural y hormonal. No conozco ninguna mujer que se vaya a la cama con un hombre y no se levante un poco enamorada. Aunque se le pase con las horas. En cuanto empiezan a sentir cierta dependencia por su gigoló, se estropea el invento.

–A la inversa no ocurre a menudo.

–Porque el hombre busca una solución real, rápida, puramente sexual. La mujer, casi siempre, además de –o más que– sexo, lo que busca es alguien que la acompañe, con quien pueda hablar, compartir, cenar, ¡que la escuchen! Ése es el gran riesgo emocional.

–Prohibidas la dependencia y la expectativa.

–Por eso la palabra gigoló me gusta más que prostituto, pero todavía es más acertadaacompañante. El mundo del deseo femenino es mucho más complejo que una cama.

–¿Cuánto cuesta una noche de capricho?

–Es caro. Porque el acompañante no cobra por servicio sino por salida. Eso incluye todos los gastos desde que te viene a buscar, pasando por la cena o el espectáculo, y acabando bastantes horas más tarde, con sexo o no, con o sin hotel. Se llega a 900 euros.

–¿Se arrepienten luego?

–Por lo que ellas me explican, todo lo contrario. Se sienten libres en esa relación, se de- jan hacer, no tienen que pensar en la satisfacción de él… Pueden abdicar.

–¿Se meten en terrenos desconocidos?

–Algunas se inician por primera vez en téc- nicas sexuales que en su vida habían proba- do. Acostumbran a decir que tocan el cielo.

EL DEBATE

Todo empezó con una cena de amigas de la misma generación. Una lanzó al aire una pregunta de común interés: “¿Cómo lo vamos a hacer cuando ya nadie nos quiera?”. Alguien respondió: “Pagando…”. Se hizo el silencio. A la sombra de esa incógnita nació, sin ánimo de postular ni de juzgar, sólo de saber, ‘Un hombre de pago’ (Maikalili Ed.). Convertidas en un fenómeno interactivo (www.unhombredepago.com), las ref lexiones de Arqués han generado desde tertulias hasta catálogos de ropa interior. Al fondo de la sala está Steve, el marido de Neus, que aún no ha leído el libro. Llegó de Seattle para llevarse a esta mujer. Promete hacer sus deberes y una constructiva crítica a la obra. Mujeres, miedos y deseos invisibles pueden ser el inicio de un debate pendiente.